El uso de la libertad de expresión para satirizar las religiones

El abominable atentado en la redacción de Charlie Hebdo ha producido un gran eco solidario con las víctimas, primero, e, inmediatamente después, ha abierto un interesante debate sobre la libertad de expresión cuando se emplea para satirizar una religión, en especial aunque no exclusivamente el islam. Este debate es recurrente y atañe a diferentes credos, y la lista de conflictos es creciente. ¿Hasta dónde llegan los límites de este derecho a la libertad de expresión? ¿Es justo ridiculizar creencias en las que confían muchas personas y marcan sus valores morales y de compartimiento?

 

El lema Yo soy Charlie ha permitido viralizar las manifestaciones de solidaridad con el masacrado equipo de caricaturistas franceses. También ha inspirado juegos de palabras para escribir sobre los límites de la libertad de expresión frente a la siempre sensible religión. Ejemplos de ello son los artículos de opinión de David Brooks y Juan Manuel de Prada, curiosamente titulados igual, pero totalmente divergentes. El primero está escrito desde la razón; el segundo, desde la víscera. El primero apela al sentido crítico para interpretar las viñetas de Jesús o Mahoma: “Los expertos en provocación y ridiculización ponen de relieve la estupidez de los fundamentalistas. Los fundamentalistas son gente que se lo toma todo al pie de la letra”. El segundo las censura severamente: “Ninguna persona que conserve una brizna de sentido común, así como un mínimo temor de Dios, puede mostrarse solidaria con tales aberraciones, que nos han conducido al abismo”.

 

 

Portada de la revista satírica 'Charlie Hebdo' el 14 de enero de 2015
Portada de la revista satírica ‘Charlie Hebdo’ el 14 de enero de 2015

 

La libertad de expresión es considerada un derecho fundamental del ser humano. Como tal se recoge en la declaración universal de 1948 y en las legislaciones democráticas, entre ellas, la española. Como los demás derechos fundamentales, tiene sus límites. Uno de ellos, con el que mantiene la frontera más extensa y a veces difusa, es el del honor. Por respeto a su derecho al honor, no podemos emplear la libertad de expresión para ofender a otra persona. No estaríamos ejerciendo un derecho, sino sobrepasando el otro.

 

La religión, sin embargo, no es ninguna persona. La religión, y esto valdría para cualquiera de las muchas que hay en el planeta, es una explicación del mundo en base a una serie de creencias. Muchas veces, estas creencias incluyen la supuesta existencia de uno o más seres superiores y una serie de hechos que estos seres superiores supuestamente han realizado. Las mayoritarias se fundamentan en verdades reveladas y éstas sirven de guía a los fieles en cuestiones teológicas. Además, la mayor parte de las religiones configura un conjunto de valores morales que determina, o más bien debería determinar, el comportamiento de los creyentes para obtener un fin, generalmente, una vida futura mejor. Algunos de estos valores, como el de la fraternidad entre los seres humanos, presente en credos mayoritarios como el cristianismo, han permeado en nuestra sociedad occidental contemporánea y han resultado positivos para su desarrollo.

 

Al tratarse de una explicación del sentido de la vida, la religión pertenece al mundo de las ideas. Y con ella, todas sus doctrinas, ya sean la transubstanciación para los católicos, los alimentos impuros para judíos y musulmanes o el karma de hinduistas o budistas.

 

Por esta naturaleza abstracta, no se le puede otorgar a la religión y a su conjunto de creencias derechos de carácter personal. Por cierto, tampoco se le podría conceder a los pensamientos políticos, a las teorías económicas o sociales e, incluso, a los territorios. Los derechos son de las personas. Dicho de otro modo, la religión no tiene honor que proteger.

 

Al contrario, limitar (no digamos impedir) la sátira y otras formas de crítica es muy peligroso, porque sobreprotege a todo ese mundo de las ideas, desde las cabales a las más peregrinas, e impide, de facto, ejercer un juicio de valor sobre ellas. Es, además, lo que muchos defensores de las ideas más irracionales desean, ya que no se ven expuestas al debate de sus postulados. Podríamos, incluso, llegar al paradójico caso de que se nos impida reírnos de las religiones paródicas, como el pastafarismo.

 

Una interpretación a la beligerancia

Podríamos decir que los dirigentes religiosos ansían dos cosas por encima de todo: la primera es imponer sus doctrinas y su moral a todos los ciudadanos, sean o no creyentes. En Europa nos costó siglos quitarnos este tutelaje de parte de las autoridades cristianas. Esta liberación aún no ha llegado a los países islámicos. Precisamente, el problema que afronta Europa es que, ante el empuje del islam, se vuelva a ceder, esta vez a esta religión, el terreno de libertades individuales ganado al cristianismo. La otra gran aspiración de los clérigos es que la religión infunda temor. “Temed a Dios y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado”, dice el Apocalipsis. Idénticas proclamas encontramos en otras fes. Al contrario, la irreverencia, la blasfemia y la sátira hacen terrenales los dogmas. Los creyentes pueden dejar de considerarlos intocables y esto es un peligro para el asiento social de una religión. Por estas dos razones, los credos son tan beligerantes con las supuestas ofensas a sus principios.

 

Entender que las ideas, incluso las religiosas, pueden ser sujeto de mordaces valoraciones debiera hacer cambiar la perspectiva de los creyentes que se sientan ofendidos cuando vean alguna de las viñetas en discordia. Por muy hirientes que les resulte, no son una ofensa a ellos de forma individual o al conjunto de creyentes como colectivo, son una visión crítica de su fe y de las ideas que las sustenta. No puede mediar insulto, porque no hay sujeto al insultar. No es lo mismo afirmar que “xxx (sitúe aquí el nombre de un individuo…) es ridículo”, que “xxx (sitúe aquí cualquier religión o cualquiera de sus dogmas, incluso idea política, propuesta social…) es ridícula”. En el primer caso, podría resultar ofensivo para el sujeto de la acción. En el segundo, el sujeto no es personal, no puede sentirse por lo tanto ofendido.

 

La provocación, incluso llevada al límite de lo soez, es una estrategia atrevida. Enciende los ánimos de los creyentes y puede ocasionar, como hemos visto, una reacción fatal entre los fanáticos. Sin embargo, es una manifestación de la libertad de expresión lícita. Entender que un dibujo ofende todo un credo es situar lo divino por encima de lo humano. Quien lo aprecie así, que no arrogue entonces derechos humanos a sus ideas religiosas y espere el juicio divino que promete su fe.

 

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